Si por algo se ha caracterizado la afición del Sporting en los últimos años es por el colorido que pone en todos los estadios. Miles de seguidores se desplazan a los campos más cercanos para apoyar a su equipo. Sin embargo los colores rojo y blanco han dejado paso a un tenue y aburrido gris, síntoma de la tristeza que reina en el mítico estadio de El Molinón. No corren buenos tiempos para el sportinguismo.
Nada conseguía borrar la sonrisa del rostro de cualquier sportinguista, ni siquiera las cinco derrotas seguidas en la vuelta a primera, con las consiguientes goleadas. De hecho, casi toda España incluido Guardiola y el propio Messi alababan la actitud local tras encajar un 1-6 en la tercera jornada liguera.
La unión entre afición y equipo hizo posible una remontada épica, cuando ya en Noviembre muchos daban al Sporting por descendido. Los de Preciado consiguieron salvar la categoría en el último partido, remontando un 0-1 a un Recreativo de Huelva que por aquel entonces ya era de segunda división.
Ese espíritu se ha ido. Se ha vuelto a caer en el mismo error que nos ha tenido diez años en segunda: la impaciencia y conformismo. Tras dos años en la máxima categoría, muchos aficionados exigen más, olvidándose muchas veces de que el Sporting es uno de los equipos con menos presupuesto y que arrastra una deuda que aún a día de hoy amenaza la existencia de un club histórico.
La directiva no ayuda, sino todo lo contrario. Continuas imprecisiones, cambios de rumbo y de opinión no hacen sino aumentar las dudas en una afición que ya está cansada. Cansada, por ejemplo, de ver como se ningunea a uno de sus entrenadores más laureados, de como "se le ponen los cuernos" -utilizando una vulgar metáfora- con un técnico que no hizo lo que él: ascendern al Real Sporting. Ese no es otro que Marcelino, hombre por el que suspiran todos los "de la planta noble".
Un hombre como Don Manuel Preciado no se merece este trato. A unos les gustara más, a otros menos; pero no hay dudas sobre su heroico papel en una época oscura para los rojiblancos.
Todo esto, esta enfermedad interna llamada "sobreambición" está repercutiendo en la afición. Se nota por su color, por sus caras y por sus gritos. El Molinón ya no es lo que era y ha perdido su unión. Los gritos de rabia han dejado paso a los silbidos. Las bufandas al aire han sido sustituidas por pañuelos. Los canticos de apoyo han sido tapados por los de disconformidad. Y lo que es peor, el color rojiblanco se ha ido, y ha llegado el gris.
Que el silencio reine en El Molinón es solo cuestión de tiempo. La afición ha de arreglar la situación cuando la directiva no tiene aptitudes ni actitudes para ello.
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